Detrás de cada plato hay un ejército silencioso de mujeres que transformaron un oficio ancestral en una profesión indispensable, enfrentando exigencias crecientes sin perder la vocación de cuidar y alimentar el futuro de nuestra región.
Hay vocaciones que no se explican desde la teoría, sino desde la entrega cotidiana y la presencia incondicional. Antes de volcarme por completo a la docencia Técnico Profesional, mi propia trayectoria laboral como monitora, técnico gastronómica y chef del Programa de Alimentación Escolar (PAE) me llevó a recorrer cada rincón de nuestra región.
En salas cunas, jardines infantiles, escuelas, liceos e internados, fui testigo de una realidad cotidiana que pocas veces ocupa las portadas de los diarios, pero que sostiene de manera silenciosa la educación de miles de niños y jóvenes: la labor incansable de las manipuladoras de alimentos. Conozco de cerca ese esfuerzo porque lo vi en terreno. Fui testigo de cómo, en recintos tan distantes y pequeños, donde había solo un estudiante, la “tía” llegaba con puntualidad inflexible para atenderlo con la misma dedicación que si se tratara de un gran comedor. Y vi también la contraparte: cocinas masivas que funcionan con la precisión de un ejército en marcha, donde un equipo reducido coordina y elabora cientos de raciones diarias con un rigor que impresiona.
La opinión pública muchas veces desconoce la dimensión real de esta labor. Hoy en día, una manipuladora de alimentos tiene a su cargo una media de 70 raciones. Su trabajo está lejos de limitarse únicamente a cocinar: empieza a primera hora con la recepción rigurosa de la materia prima, sigue con el almacenamiento técnico bajo normas sanitarias estrictas, continúa con la preparación a gran escala, la entrega plato a plato y culmina con el exhaustivo aseo e higienización de bandejas, maquinarias e instalaciones. Cada nueva licitación impone estándares más exigentes, más volumen y mayor carga laboral, visibilizando la urgencia de reconocer este trabajo no como una simple tarea doméstica, sino como un oficio que se ha profesionalizado a la fuerza ante las crecientes exigencias del sistema.
Sin embargo, lo que ninguna licitación contempla es el valor humano indispensable que aportan. A menudo, la jornada sobrepasa lo estrictamente técnico. Esas mismas manos que manipulan utensilios e ingredientes con destreza, se convierten en consejeras, costureras improvisadas y enfermeras afectivas para niños que ven en ellas una extensión del hogar. En cada bandeja no solo se entrega nutrición y calorías; se entrega el tiempo, el afecto y la dignidad que sostienen a nuestras comunidades escolares.
En este Día de la Manipuladora de Alimentos, desde mi mirada como profesora de Educación, rindo un homenaje profundo a cada una de estas trabajadoras. Que nuestro reconocimiento no sea solo una palabra amable al pasar por el comedor, sino el compromiso constante de visibilizar su esfuerzo, valorar su profesionalismo y exigir para ellas el respeto y las condiciones laborales que merecen.
Tal vez los niños no recuerden con los años la norma técnica ni el gramaje exacto del menú que recibieron. Pero en el fondo de su memoria quedará guardado para siempre el calor de esa mirada entrañable, la puntualidad de cada plato servido y la certeza de que, antes de aprender la primera lección del día, hubo una mujer que cuidó de ellos con el corazón.
FUENTE: Diario El Centro, Talca
